Carta abierta: No hay vergüenza en ser un hombre roto y pedir ayuda.
Ha pasado poco más de un año desde ese domingo 20 de abril de 2025, donde casi pierdo la vida a causa de un paro cardiorrespiratorio por una sobredosis. Es la segunda vez que escribo sobre esto y la primera que es pública. Lo hago con lágrimas en los ojos, ya que fue un episodio muy difícil que aún sigo asimilando, que me está cambiando la vida y que desencadenó muchos acontecimientos difíciles, pero a la vez maravillosos. Pensé mucho si publicar esto traería algo positivo ya que no es fácil exponerse, no es fácil reconocer, no es fácil pedir ayuda.
Desde que recuerdo he sido un chico triste en privado. He pasado, como todos, por momentos buenos y malos en cada aspecto de mi vida, pero los últimos 5 años han sido posiblemente los más intensos y los que me hacen reconocer que estoy quebrado física, mental y económicamente. Me hacen reconocer que ya no soy capaz solo y que necesito ayuda. Hago parte de los hombres a los que nos enseñaron a sufrir en silencio, a llevar la carga solos; para los que pedir ayuda abiertamente es raro y un signo de debilidad; donde creemos que esto puede ser usado en nuestra contra; donde estar bien hace parte del éxito social. Ser feliz es una meta que yo también trataba de vender públicamente, aunque con los más cercanos me costaba mucho.
Decidí estudiar una carrera administrativa, ya que podía adquirir las herramienta necesarias para conseguir plata, y ese era el objetivo que me habían vendido socialmente para ser una persona exitosa y feliz. Son muchos los emprendimientos que intenté y no llegaron a feliz término por diversos motivos, pero todo empezó a derrumbarse realmente en mi vida en 2020 cuando, a raíz de la pandemia, el emprendimiento que tenía en ese momento se volvió inviable, obligándome a empezar mi actual emprendimiento: www.ribotshop.com.
Empecé vendiendo camisetas básicas por internet y, una vez terminó la pandemia, resultó que venía funcionando bien, por lo que le metí la ficha. Seguí creciendo estructurando el negocio. Yo hacía todo solo: mandaba a producir, recogía y procesaba la mercancía, vendía en línea, abrí la página web, contestaba el WhatsApp, aprendí a pautar en redes, llevaba algunos pedidos y otros los enviaba por transportadora. En fin, todo lo que implica un negocio. Trabajaba hasta 20 horas al día en ese momento. Con el tiempo pude tener una bodega y empleados; seguí creciendo al tiempo que aumentaba una deuda que arrastraba, ya que no tenía capital de trabajo y la caja no aguantaba. Luego se incorporó mi hermana, quien me apoyó muchísimo y aún lo hace. Fue una maratón que llevó mi cuerpo y mente al límite. Resistí 4 años a un ritmo insostenible. Dejé de hacer actividad física, sacrifiqué tiempo con mi familia, casi no tengo amigos y los que quedan parecen ser fantasmas de un pasado con buenos recuerdos.
Aposté todo a este proyecto. Dormía en la misma bodega donde trabajaba, ya que no tenía dinero para tener otro espacio. Tuve accidentes en el trabajo y no paraba para recuperarme bien, pero lo más difícil fue el manejo del estrés constante, los episodios de ansiedad recurrentes y el cansancio acumulado, hasta que la situación me pasó factura.
En 2022 empecé a consumir marihuana todos los días para soportar el estrés, manejar los ataques de ansiedad y un dolor crónico de espalda que tengo desde joven y no me permite estar en la misma posición mucho tiempo. También llegó la medicación psiquiátrica y los pensamientos suicidas eran frecuentes: preguntarme cada día si esto es la vida, sentirme en la mañana como un ratón en una jaula de laboratorio, acostarme llorando y despertarme sin saber qué día era. Subí de 76 a 90 kilos.
Era muy difícil tener una pareja estable, no solo por la intensidad del trabajo, sino porque vivía en la bodega y esto no es bien visto, pero yo estaba concentrado en lo que creía era un fin mayor; esto también me permitía trabajar más horas. Al no compartir con amigos y familia, el poco descanso lo pasaba haciendo scroll en el celular, generando una adicción a esta fuente de dopamina, supliendo actividades sociales sanas a las que había renunciado paulatinamente, adicción con la que estoy luchando hoy en día.
Más o menos tres meses después de la sobredosis estaba fuera de la empresa, ya que no me podía parar de la cama. Tuve un colapso total, lo que ahora llaman síndrome de burnout. Mi hermana se echó al hombro todo y, a pesar de su esfuerzo y compromiso, y la posterior llegada de mi otro hermano a ayudar creyendo en el proyecto, todo fue muy cuesta arriba y la situación nos superó.
La DIAN nos mandó una carta a inicios de noviembre informándonos que en 2023 y 2024 habíamos superado los topes y no habíamos reportado el IVA de los últimos dos años. Esto hizo que, en tiempo récord, entráramos a facturar electrónicamente. Los nuevos costos y, por ende, la modificación de precios, sumado a factores externos de mercado impactaron negativamente las ventas de la temporada 2025, haciendo que se subiera al máximo el endeudamiento.
Hoy me encuentro en reposo, recuperando mi salud física y mental. Me llamo Alberto Tamayo, soy un hombre de 46 años que está pasando por un momento complejo, pero maravilloso, donde estoy resignificando desde lo profundo conceptos que tenía tergiversados como familia, felicidad, amistad, salud, pareja, éxito, tiempo, sociedad, vida y muerte. Hoy me cuestiono especialmente la palabra éxito: ¿cuántas cosas tengo que hacer y tener para ser aceptado en una sociedad inaceptable? Siempre podemos crear una nueva realidad si nos lo proponemos, trabajar en cambiar algunos conceptos distorsionados y pedir ayuda es fundamental. Nunca va a volver a ser igual. Tuve la oportunidad de seguir acá y cambiar mi realidad, cambiar mis prioridades.
Nuestro Cierre con Honor
Hoy mis hermanos tratan de reestructurar el cierre del negocio para responder por deudas, liquidaciones de empleados y compromisos en general. He elegido la vida, y para sanar, Ribot debe cerrar sus puertas.
Humildemente te pido ayuda en esta liquidación final comprando nuestras últimas camisetas; algunos de ustedes ya son clientes, conocen la buena calidad de nuestras prendas; y a los que no, es la oportunidad de hacerlo.
Dos realidades: casi todos necesitamos camisetas y casi todos, en ocasiones, necesitamos ayuda. Ayúdanos a vaciar la bodega y cerrar este ciclo con la cabeza en alto.
Un fuerte abrazo.
Beto